Nos drogábamos. De noche. Y yo, que nunca había bailado delante de ti, movía los brazos de la única forma que sé. Era probablemente la coreografía más absurda de la historia. Me gusta bailar, ahora ya lo sabes. Pero no sé hacerlo. Me muevo. Muevo el cuerpo dejándome llevar. Y ya. Bailaba con las piernas encima de ti y tú te girabas con la mirada perdida, probablemente en otra cosa, en Decáart, Fucó o el pianismo (in)trascendente. Y nos drogábamos. De noche. Poco. Con esa música que nunca volverá a ser la misma. Esa música que me has pervertido más que el sexo perverso de borrachos. Se acumulaban las botellas, nos apestaban los alientos. Desde arriba tu mesa es una diana que suma dardos y dardos de cristal. Doble o nada. Doble malta. Sudor de verano. Domingos eternos mientras nos drogábamos. Yo me retorcía en cuanto me dejabas sola, un poco por falta de control del cuerpo y un poco intentando dibujar con ingenuidad y estupidez una silueta seductora, inclinando la cadera y tirando el pelo a un lado, probando a imitar a las modelos de los cuadros, que yo me supongo que ellas le han echado horas a esto, para que la miraras cuando llegaras de la cocina, del baño, de quiénsabedónde en aquella casa infinita. Probablemente la imagen que te llevabas era más desoladora que mi intento fallido de seducción, que mi Venus ciega y sobreactuada: una pierna estirada por ahí, la punta de los dedos del pie de la otra intentando sin éxito rozar el suelo y forzando así cualquier antiestética tensión muscular. Los pelos despeinados y asimétricos, la cadera inclinada de la forma más antinatural posible, la espina dorsal torcida como un gatito asustado. I baixa l'esperança i puja el pà. Y un tal Lesli que toca la trompeta mientras nos drogábamos y cada vez se hundía más el sofá que quizá era el sofá quizá nosotros, y quizá clichés de siempre. Y la sensación de eternidad que da lo inmaterial, y la sensación de eternidad de las noches de verano. Yo me quedaba ahí con el humo en los pulmones y tus piernas justo debajo y tu sofá casi en el suelo, o tus piernas en el suelo o nosotros mismos. Ahí, donde nos drogábamos poco, donde compartíamos burbuja y percepciones desviadas. Donde compartíamos boca y bocados y magias. En esa imprecisión del tiempo y el espacio y de la mirada me quedaba y no poco para acabar la última calada y la luna se esfumaba conmigo la noche eterna. Perra de vida y no pervesa de palabras agotadas, el sol ha eixit, la ràdio sona y nosotros, que no estem vius, que más lo estábamos antes antes, de noche, hacemos caso a la alarma del día y desfilamos en procesión hacia la cama, y entonces calor de tienda de campaña y el sueño que siempre es solo aunque se rocen los cuerpos. Y dormimos, drogados poco, y que dure y nunca llegue el hambre de posguerra.