18.4.12

Mar(ia)

A ti, Maria,
         por dar rojo a mi París en blanco y negro.


Nunca se llamó Dolores pero tenía también cientos de nombres, como si la vida se hubiera empeñado en librarle de una palabra tan vulgar, en quitarle la condena del nombre típico por el que nunca se pregunta, el que se confunde entre tantos otros y hace girarse a más de uno por las calles.
De haber tenido un nombre excéntrico, cariñoso, ella hubiera sido de esas personas que lo deletrearían con delicia ante la confusión de su espectador, orgullosa de cada letra, como si en cada una de esas vocales y consonantes estuviera diciéndote con la boca y con la mirada que no, que ella era igual o más especial que su nombre de diosa griega o de astrología mística.
Ella era María, al igual que podía haber sido Inés, Elena, Paula o Yolanda. Era María porque así la llamaban de pequeña sus padres, para que se aprendiera bien el dato imprescindible de su carnet sin estrenar. Era Maria, sin acento, de corazón, y Marieta en susurros, con el miedo que provoca pronunciar las palabras prohibidas. También fue muchas veces Maria de rabia, hasta que se resignaba a escribir el palito sobre la “i”; cosa que siempre reservaba entre el último trazo y el último suspiro. Era Maria en su firma, bajo el garabato con que disimulaba la intención verdadera.
No, no se llamaba Lola y su nombre ni siquiera tenía un diminutivo, pero estoy segura de que estuvo también en boca de muchos hombres, y de otros tantos en pensamiento.
María tuvo que convertirse en Marie a la fuerza, cuando tenía sólo veinte años, y entonces empeoró aún la caligrafía de su firma, de modo que la última vocal bien podría ser la “e” francesa, bien su añorada “a” original, o bien ninguna de las dos, como si en el fondo María nunca hubiera tenido nombre, como si ella bien podría llamarse Mujer, porque ninguna palabra podía representarla.
Maria nació en Cataluña y cantaba en la bañera las canciones que su abuela le había enseñado, cuando ya se había asegurado de que no quedaba nadie en casa. El agua, ya de inicio templada, siempre acababa fría; entonces Maria se miraba al espejo y, detrás de su cuerpo diminuto y delgado, se sentía un poco más sin tilde, como si el frío fuera una especie de penitencia por la identidad robada. Era su abuela la única que utilizaba su nombre de verdad. Sus padres escribieron María en la inscripción escuela de costura, su hermano mayor siempre lo hacía cuando la mencionaba en sus redacciones del colegio. Algunos años después, Maria tuvo que renunciar a dos o tres prendas para dejar hueco en la maleta a los paños que su abuela le había bordado y escondido en su lugar secreto; en el lugar que un tiempo fue de hadas, de piratas y de trenes de madera, donde nunca se había sentido tan Maria, sin palito.
Marie fue una francesita de su tiempo, de boina y pantalones de pitillo. Pero nunca perdió la gracia de su tierra, como si la exagerara, como si quisiera que todos supieran que ella debía su infancia a otro lugar y sus pensamientos a otro idioma. Marie se empeñaba en utilizar un acento catalán que se le había borrado muy pronto, y aprovechaba cualquier oportunidad para hablar de sus raíces. Le encantaba dar ejemplos de su idioma o tararear las canciones de baño frío, ya sin miedo a ser escuchada, sino sintiéndose protagonista de su propio concierto de recuerdos.
Marie también fue “Ma” para varios Él, que se sintieron originales utilizando con cariño la abreviatura que les permitía poseerla en francés. Maria les dejaba, mientras sonreía para sus adentros pensando que nunca la llamarían como ella era de verdad, así, sin e, sin tilde y sobre todo sin dueño.
Marie creció por partes, con nombre francés y apellido medio catalán medio español. Creció así con impotencia y mucha rabia, pero con descaro y con picardía, casi como lo haría la pequeña Nabokov. Los que la conocieron en la intimidad nunca consiguieron descubrir por qué prohibía que pronunciaran su nombre afrancesado mientras compartían cama, pero lo aceptaban sin más, porque Maria destilaba una pasión y dulzura tan encandiladoras que era prácticamente imposible negarse a cualquiera de sus peticiones, por extrañas que fueran.
Marie volvió a ser María en una ocasión y, también fue Maria muchos años más tarde. Pero ya no era lo mismo, porque escuchaba su nombre sin tilde por las calles en un idioma como plastificado, como pervertido por los años, distante, diferente al de sus canciones. Ya no era lo mismo porque no había baños sino duchas, porque el agua salía hirviendo de un chorro, y porque su cuerpo ya no olía a jabón de aceite, sino a flores de lis o a aromas mediterráneos. Y porque nunca acababa de estar limpia del todo. 
Marie fue así, con e, durante la mayor parte de su vida. Y fue una mujer increíble, al igual que lo hubiera sido María, Maria o Dafne. Marie se hizo a sí misma, se puso su propio nombre mientras se construía atractiva, artista, guía turística en sus ratos libres, vendedora por obligación.
Hace muchos años que Marie es Marie, y que su acento ya se camufla bajo la vida parisina. El tiempo le cansó los labios y el hambre de tierra. Poco a poco se convirtió en habitante de la ciudad de la bohemia y los cuadros a pinceladas, poco a poco moldeó el trazo de su “e” y se cansó de responder cuando le pedían que deletreara bien su nombre. La firma, sin embargo, nunca la cambió. Tampoco sacó nunca los paños de la maleta, aunque ya no la abre y pocas veces la mira con nostalgia.
Pero a Maria se le iluminan los ojos y llora con discrección, con la elegancia que se lleva trabajando todos estos años, cuando me escucha hablar catalán. Maria se vuelca en ofrecerme lo mejor de su ciudad, en regalarme todos los momentos de un lugar que ya siente suyo. Marie me mira con la ternura y la bondad de una señora de pelo blanco que se reconoce en la juventud y las ansias de experimentar y viajar. María se resiste en derramar una lágrima por la patria que tan pronto le dio la vida como se la prohibió. Y Maria, sin embargo, se sorprende de que las palabras le salgan solas después de tantos años, y se emociona al escucharse a sí misma, como si repente volviera a esa casa
y el agua de la bañera siguiera tibia, y sus padres desde la puerta escucharan sus berridos y se miraran entre ellos con una mezcla de orgullo y tristeza, con la mente en el exilio y el corazón en el barreño.
Marie dice que ya no necesita definirse, y responde pronto cuando pronuncian su nombre con acento francés. Pero en el mapa improvisado que me hace por las calles de Montmatre comprendo que su mente en realidad es igual que su firma. Una mezcla de garabatos superpuestos de ilusión, de patria perdida, negada y encontrada. Sigue sin abrir la maleta, pero me ha dicho que siempre la lleva, por si en la frontera le piden el carnet de identidad, para poder decir que ella es Maria, la Maria, la Marieta, com diu la cançò. Y que el resto lo ha ido aprendiendo con los años. 


5.4.12

Que murió el poeta
(o de cómo prosa y poesía
comparten cuatro letras)